La anestesia consiste en dormir al perro o al gato mediante fármacos antes de una operación o exploración. Combinada con analgésicos, la anestesia evita que el animal sienta dolor o que se dé cuenta de lo que sucede durante el procedimiento.

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Antes de que se administre la anestesia, el veterinario se encarga siempre de realizar un examen general que incluye un control del corazón y de los pulmones. En ocasiones, este examen se complementará con análisis de sangre, radiografías o ecografías para que el veterinario pueda evaluar los riesgos. La anestesia se adapta a cada animal teniendo en cuenta la especie, raza, edad, peso, el estado de salud general y posibles enfermedades.

Antes de anestesiar al animal, se le suelen administrar tranquilizantes y analgésicos, lo que se conoce como premedicación. Los tranquilizantes previos a la operación tienen la finalidad de reducir el estrés y la agitación del animal y de conseguir una anestesia más estable, así como la reducción de la cantidad de anestésico utilizado para un mismo efecto, de lo que se beneficiará la mascota. Los analgésicos, por su parte, suelen administrarse antes de la anestesia para evitar que se perciba dolor durante y después de la intervención. Por lo general, unos 30 minutos después de haber recibido la premedicación, el perro o el gato estará preparado para ser anestesiado.

El método anestésico elegido dependerá, entre otros factores, de la intervención que se vaya a realizar (por ejemplo, que sea más o menos dolorosa), de la raza, la edad y el historial clínico del animal, y de las rutinas de la unidad de cirugía. El paciente puede inhalar el anestésico o se le puede administrar directamente en la sangre a través de un catéter intravenoso o mediante una inyección intramuscular. Con frecuencia se opta por una combinación de estos métodos.

Los perros suelen recibir todo el anestésico o una parte a través de un catéter intravenoso colocado en una pata. Según la intervención prevista, también es posible utilizar esta técnica con los gatos. Un catéter es un tubito de plástico delgado que se introduce en una vena con la ayuda de una aguja que después se retira. A través del catéter se pueden administrar líquidos y medicamentos antes, durante y después de la intervención proporcionando a los profesionales veterinarios, un acceso rápido y efectivo al torrente circulatorio del animal.

La anestesia por inhalación es un método habitual en los hospitales y clínicas veterinarios de AniCura. Normalmente se comienza administrando al animal un anestésico directamente en la sangre a través del catéter intravenoso (llamándose a esto inducción) y, a continuación, se introduce un tubo respiratorio en la tráquea. La parte inferior del tubo está rodeada de una especie de collarín que se rellena de aire. Este collarín impide que el contenido gástrico suba hacia la tráquea en caso de que el perro o el gato vomitase durante la anestesia, y que salga gas anestésico fuera del tubo.

En la anestesia por inhalación, el animal inhala el gas anestésico mezclado con oxígeno/aire. Este método se considera poco agresivo y uno de los más seguros para el paciente, ya que el animal vuelve a exhalar la mayoría de los gases anestésicos y el organismo no tiene que metabolizar la mayor parte del anestésico. Una vez concluida la intervención, se deja de administrar el anestésico y el animal respira solo oxígeno hasta que se despierta. En algunas operaciones se utiliza un ventilador que controla la respiración.

Monitorización

Durante toda la anestesia, un anestesista o personal entrenado específicamente para ello, monitoriza atentamente, en colaboración con el veterinario a cargo, la profundidad de la anestesia y el bienestar del animal. Se registran la respiración, el pulso, la presión arterial, la saturación de oxígeno en sangre y la temperatura corporal. Para ello el anestesista cuenta con equipos de monitorización que miden todos los parámetros citados a tiempo real, recibiendo así el veterinario una importante información de forma inmediata. La temperatura corporal se procura mantener lo mas estable posible teniendo al animal tumbado sobre una manta eléctrica y administrándole un suero templado, entre otros métodos destinados a ello.

Despertar

Cuando el animal empieza a despertarse, se le retira el tubo respiratorio y es trasladado a la sala de recuperación, donde lo monitorizan atentamente hasta que se despierta por completo. El animal se despierta en un entorno tranquilo y cálido, con la iluminación atenuada, y se controla periódicamente su estado general, el pulso, la respiración y la temperatura corporal. Si es necesario, se le siguen administrando líquidos en la sangre y analgésicos.


Una vez despierto

Por lo general, el perro o el gato permanece ingresado hasta que el veterinario considera que puede volver a casa. Una vez que esté despierto, todavía pueden permanecer los efectos de los anestésicos. En función del tipo de intervención y anestesia, el animal recibe el alta el mismo día o trascurridos unos días.


Riesgos y complicaciones de la anestesia

La anestesia siempre conlleva un cierto riesgo, si bien hoy en día este es notablemente menor que en el pasado. Para un perro joven y sano, los riesgos de la anestesia son mínimos. Cuando se trata de ejemplares de más edad, que tal vez tengan una enfermedad conocida o alguna todavía no detectada, los riesgos de la anestesia y de la intervención son mayores.
La raza, la edad, las patologías y el estado médico del perro también influyen en el nivel de riesgo. Por lo tanto, antes de cada operación se realiza una evaluación individual de la anestesia. Siempre es necesario sopesar los riesgos y los beneficios de anestesiar y operar al perro.

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